En una ocasión, ya habría cumplido los 15 años y estudiaba en la Escuela Superior de Música de la Universidad Juárez del Estado de Durango, y me eligieron para ser parte del recital principal que se daba en el aula magna ante cientos de personas. Ya no era un público de solo familiares y amigos, sino uno más crítico, más conocedor y con más experiencia. Lo que tenía de importante este recital es que era la vitrina principal de la Institución para presumir a algunos miembros selectos de sus mejores alumnos. Mi maestro, el profesor Abraham Viggers, me había inculcado un respeto total por este recital en particular, haciendo hincapié en que solo los mejores alumnos eran seleccionados para representar a sus profesores y compañeros. Era mucha presión sobre un muchacho de 15 años que aún tenía un complejo de inferioridad, que luchaba con una baja autoestima y, sin saberlo ninguno de sus compañeros o el profesor, se seguía mojando la cama, casi cada noche.
El temor que sentí, no se lo puedo describir. Pero nunca he dicho “no” a un gran desafío y al igual que muchos otros, acepté este. El día del recital fue uno que jamás olvidaré. En mis emociones sentía una mezcla de miedo con preocupación, triunfalismo revuelto con derrota,confianza combinada con pavor total. En el programa siempre organizaban las presentaciones por niveles: de elemental (los menos avanzados) a avanzado. Muchos de los alumnos veíamos esto como una especie de “clasificación” de la escuela y nos alegraba mucho cuando nos colocaban hacia el final del programa. Se suponía que el que terminaba era el mejorde toda la escuela. Así que cuando revisé el programa sentí alegría que no estaba muy cerca del principio del programa. Tampoco quedé como último. Pero aun así, sentí la presión de figurar en la clasificación entre los mejores. Cuando el maestro de ceremonias anunció mi nombre subí a la tarima ante los aplausos del público y mi familia entera que había llegado para apoyarme. El lugar estaba repleto y había un ambiente eléctrico y expectante. Una de las cosas que me emocionó mucho de ser seleccionado para ese gran recital fue la oportunidad de tocar el Grand Piano de la escuela: una hermosa reliquia de casi tres metros de largo con mucha historia. Lo mantenían bajo llave para que solo los alumnos autorizados lo pudieran tocar. Mi error fue no haber pedido una oportunidad de ensayar en el piano mismo que tocaría para el recital. Ese pequeño pero crucial error causó uno de los momentos más cómicos y penosos de mis experiencias en recitales.
Afortunadamente, tenía muy bien memorizada la pieza en esta ocasión y no tuve lagunas mentales. El único problema consistía en que el piano lo tenían montado sobre una base de ruedas que hacía que los pedales quedaran bastante elevados del piso. Al tocar un piano hay tres pedales que tienen funciones distintas. Con la bola del pie, uno descansa en el piso mientras los dedos del pie maniobran los pedales. Al sentarme me di cuenta que mi pie era demasiado pequeño para la distancia entre el piso y el pedal. Tendría que tocarlo con el pie entero “volando” en el aire. Esto funcionó por los primeros segundos de la obra musical que me tocó presentar. Pero a segundos de haber iniciado, por los nervios y la presión que sentía, mi pierna entera comenzó a temblar violentamente. En mi mente estaba tratando de recordar la pieza musical al mismo tiempo que le mandaba señales a mi pierna para que dejara de temblar.
Mi pierna no me hizo caso. Después de un minuto, enfrenté otro desafío: la transpiración. La combinación de luces fuertes sobre el escenario, la poca ventilación y mi enorme nerviosismo, produjo una catarata de sudor. Bajaba por mi rostro, entrando y quemando mis ojos, lo sentía escurrir en mi piel debajo de la camisa y durante todo el rato, mi pie temblaba más y más. Fueron quizá los tres minutos más largos de mi existencia. Menos mal que la pieza musical la tenía muy bien memorizada porque si me hubiera fallado eso, habría sido un desastre rotundo. Cuando al fin logré terminarla obra, mi ropa estaba mojada por completo. Mi pelo estaba empapado como si hubiera salido recientemente de la ducha. Mi pie derecho dolía por la cantidad de ejercicio que había sufrido con tanta “temblorina”. Ni siquiera recuerdo si el público aplaudió o no. Lo único que necesitaba en ese momento era bajar lo más rápido posible para encontrarme con mi familia, quienes estaban felices por lo general; pero mis hermanos en especial se encontraban botados de la risa por la pierna temblorosa. Hasta la fecha de hoy, es una de las anécdotas familiares que recordamos con mucho humor. Pero ¡triunfé! Con todo y miedo y desafíos, lo logré. ¡Igual usted lo podrá lograr!

Una vez tomada la decisión, el temor tendrá que ceder.

Cuando se presenta una tarea por hacer, con todo y miedo hagámosla. Una vez tomada la decisión, el temor tendrá que ceder. En la mayoría de los casos nos daremos cuenta de que no era tan abrumadora como originalmente habíamos pensado. La ocasión de presentarme en aquellos primeros recitales con todo y miedo me dieron la experiencia necesaria para enfrentar a cada público, grande o chico. Muchas veces me preguntan: «¿Qué no tienes miedo cuando subes al escenario?». La respuesta es sencilla: el temor no es al escenario ni al público. Eso ha quedado superado desde hace mucho tiempo. El único temor es no errarle al verdadero propósito para estar en aquel escenario. El miedo a los públicos se me fue con el tiempo y la práctica disciplinada de subirme al escenario no importando lo que estuviera sintiendo. Así que, ¡dele para delante! Con todo y miedo.
– Marcos Witt

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